SEPULCRO DE ALONSO CARRILLO DE ALBORNOZ
Sobre la puerta verde de enfrente, en el muro sur de la capilla mayor, se encuentra uno de los sepulcros más bellos de castilla que guarda los restos de un “gran hombre en la Iglesia de Dios e de Buen corazón e bien esforçado e franco”, Alonso Carrillo de Albornoz.
Bajo un arco de hojarasca aparece representado con las vestiduras episcopales. A sus pies un par de ángeles sujetan un libro en blanco y a su cabeza otro par de ángeles sostienen su capelo de cardenal. Tras él vemos tres figuras, la central es San Eustaquio por su título de cardenal y las dos que están a los extremos son San Juan Bautista y San Juan Evangelista, los santos titulares de la archibasílica de San Juan de Letrán de la que fue arcipreste. A los laterales del enterramiento encontramos cuatro figuras, las más altas son el arcángel Gabriel y la Virgen María que simbolizan la anunciación y bajo ellos encontramos a San Pedro y San Pablo, patrones de Roma. Entre éstos últimos encontramos un friso con escenas de la conversión de San Eustaquio con los escudos del obispo en los extremos y bajo el conjunto una inscripción que indica que allí descansa “El cardenal de San Eustaquio”.
La historia nos dice que “era de buen linaje de todas partes e bien generoso, de gran antigüedad en los reinos de Castilla” en el que encontramos reyes, príncipes de la iglesia e incluso un Papa. Se trata de la casa Carrillo de Albornoz, todavía viva en la casa de Alba. Sepulcro de ALONSO CARRILLO DE ALBORNOZ.
Fue su pariente Benedicto XIII (el Papa Luna) quien le nombra Cardenal en 1408, siendo desde entonces uno de los personajes más influyentes en la política del siglo XV. Ejemplo de ello fue su importante papel en el Compromiso de Caspe por el que se coronó a Fernando I como rey de Aragón.
A nivel internacional fue decisivo su cambio de posicionamiento en el Cisma de Occidente de 1417. Junto con el cardenal Urriés y el cardenal Fonseca (su antecesor como obispo de Sigüenza) fueron los últimos cardenales fieles al papa Luna. Ninguno de ellos pudo evitar que éste se mantuviera en sus XIII, de donde viene el dicho.
Llegó a ser protodiácono, la más alta dignidad religiosa después del papa, y tras participar en el cónclave de 1431 fue él quien coronó a Eugenio IV como sumo pontífice en la escalinata de la basílica de San Pedro en el Vaticano.
Falleció en Basilea donde fue “la columna del santo Concilio ” que no llegó a ver finalizado. Allí depositaron sus entrañas en un entierro al que asistió el emperador, los cardenales, los obispos y todos los procuradores de reyes y príncipes asistentes al concilio de Basilea. Sin embargo, dejó escrito en su testamento que su cuerpo reposaría en la catedral de Sigüenza. Por ello, mandó hacer este sepulcro su sobrino, Alonso Carrillo de Acuña, quien no sólo heredó de su tío el obispado de Sigüenza sino también su influencia política siendo arzobispo de Toledo y una figura decisiva en el ascenso de Isabel la Católica como reina de Castilla.
Este obispo también mandó hacer las tumbas que se encuentran a la derecha del sepulcro de Carrillo de Albornoz. Son Gómez Carrillo de Albornoz y su esposa María de Castilla, hermano mayor y cuñada del obispo Carrillo de Acuña. Gómez fue una figura muy cercana a la monarquía de mediados de siglo XV, como reza la inscripción ocupó el cargo de camarero del rey Juan II. Su mujer, María de Castilla recibe su apellido de su abuelo, nada menos que el rey de Castilla Pedro I “El Cruel” o “El Justiciero”, unido a Sigüenza por el destierro de su mujer Doña Blanca de Borbón.